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Depresión postparto: Ahora mi vida es otra

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Pixabay

Por fin, por fin puedo decirlo: estoy en paz. Han sido 24 meses caóticos, 24 meses atrapada en una montaña rusa, sin ningún tipo de control sobre lo que pasaba, sobre mis sentimientos y pensamientos, sobre mi vida ni sobre mí. Ha sido duro. Muy duro. He llorado lo que no está escrito, me he sentido sola, asustada, abandonada, ninguneada, vejada, histérica, a punto de mandarlo todo a tomar por saco. He tenido ganas de tirar la toalla, de acabar con todo. Mi matrimonio estuvo a punto de hacer aguas y yo al borde de la locura y la tristeza más extrema, pero ya todo pasó. Por fin, la calma y la alegría han regresado a mi vida, por fin, la serenidad y la cordura hacen acto de presencia, por fin vuelvo a ser feliz.

Han sido necesarias muchas lecturas y muchas sesiones de autoayuda para darme cuenta de que estaba pasando por una depresión. No he ido a ningún médico, ¿para qué? En mi caso sé que no me habrían ayudado nada. Ya tuve que ser medicada por ansiedad y trastornos alimenticios hace unos años, pero la cosa se quedó ahí, en el consumo de unas pastillas que tapaban el verdadero problema psíquico y emocional que padecía. He tenido que luchar contra todo y contra todos, he caído y he tenido que levantarme por mi propio pie. Unas veces con la ayuda de mi pareja, pero hubo un día en el que me di cuenta de que ella también me hacía caer. Y no sólo me hacía caer, sino que me veía en el suelo y giraba la cabeza.

Ha habido momentos de inflexión. Uno de ellos fue hace unas semanas. Tuve dos crisis de ansiedad. Ahí me di por vencida. No podía más y mi pareja me dio la estocada mortal. Se me cayó el mundo al suelo. No podía con las críticas del exterior, no podía con mis propias exigencias, no podía con la dependencia de mi bebé y no podía continuar si mi propia pareja se volvía fría y distante. Fue una noche horrible. Una noche de llanto inconsolable, en la que mi hijo no entendía por qué me escondía en una habitación y le negaba mi pecho, ése al que estuvo pegado cada 15 minutos los tres días anteriores. No entendía por qué no iba a dormir con él como cada noche. No entendía por qué lo abandonaba. Y llanto desolador el que salía de mi cuerpo, de mis entrañas, por sufrir esta crisis brutal de lactancia, por no querer experimentar la agitación que recorría mi cuerpo, porque necesitaba un descanso, un break, un respiro para volver a ser yo… Y porque no podía entender por qué él, al que tanto quiero, se mostraba tan frío viendo la escena. Por qué no me consolaba, por qué no me abrazaba, ¡por qué no hacía nada!

Un mes antes se me había caído una venda con él. Se fue de viaje y me dejó sola. No se marchó por compromisos laborales, ni por un tema de salud familiar, se marchó por ocio. En esa época estaba bastante mal (como lo he estado desde que nació mi hijo), sola, sin la más mínima ayuda de nadie, conectando poco a poco con mi bebé pero sin terminar de hacerlo… No sabía si iba a sobrevivir a esos días sin su ayuda. Se iba para pasárselo bien y aquí nos dejaba a nosotros dos. Durante esos días algo hizo crash dentro de mí. Me di cuenta de que no me estaba dando su apoyo real, el que yo necesitaba, de que he vivido cosas en estos dos años que él no ha comprendido, que no me ha defendido frente a situaciones en las que era muy vulnerable, que no ha terminado de empatizar y comprender lo que me pasaba, cómo estaba, que no se comportó bien conmigo en momentos en los que lo necesitaba. No me había dado cuenta de ello hasta ese momento. Algo se rompió entonces y volvió a crujir la noche en la que sufrí la crisis de ansiedad y me respondió con frialdad.

Mi matrimonio ha estado a punto de romperse y yo con él. Pero, afortunadamente, lo hemos hablado, nos estamos analizando y curando heridas que nos acompañaban desde hacía muchos años. ¡Cuánta razón tienen los que dicen que lo que vivimos en la infancia nos marca de por vida! ¡Cuántos traumas escondidos! y cómo nos duele enfrentarnos a ellos…

Ha sido muy duro. Durísimo. Pero desde entonces las cosas han cambiado. Mi relación con él ha mejorado y la relación con mi hijo va mucho mejor. Es un antes y un después. No sé si la depresión se ha ido para siempre, pero ahora me siento tan bien…, estoy tan aliviada… Es como si fuera otra persona y mi niño lo nota. Está mucho más alegre, soy más paciente, lo abrazo y lo beso más. ¡Sonrío! Y él llena de carcajadas la casa.

Llamadme loca, pero creo que ya estoy preparada para volver a ampliar familia y esta vez quiero que todo sea diferente. No sólo lo quiero, sino que tengo el convencimiento de que va a ser así. Va a ser un embarazo consciente. Sé lo que quiero y lo que no quiero. Sé lo que me viene bien y lo que me ha estado amargando durante tantos meses. Estoy preparada. Estoy tranquila. Estoy feliz.

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2 comentarios sobre “Depresión postparto: Ahora mi vida es otra

  1. Me alegro de que hayas conseguido salir pero sobre todo me alegro porque estoy segura que la mujer que ha salido de esta crisis es más fuerte y tiene las ideas más claras que la que entró.
    Espero que a partir de ahora todo vaya sobre ruedas 🙂

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